Cómo crear y mantener el orden

By Victor Chertkov | Conceptos

Eres una #personaOrdenada? Cómo lo consigues?

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Crear y mantener un orden: el pan de todos los días

Vamos a ver en este post una parte del concepto orden, dejando al margen otros sentidos del mismo concepto.

Crear, mantener e inculcar el orden es un tema doloroso para muchos padres que tienen niños relativamente pequeños y sobre todo hijos adolescentes.

A veces se convierte en un dolor de cabeza casi permanente y una fuente de conflictos con alguna que otra batalla campal por medio.

Es algo que hemos de realizar a diario o casi a diario.

¿De dónde viene esa obsesión? Pero antes deberíamos preguntar ¿qué es el orden?

Orden: la definición

DRAE nos ofrece las siguientes definiciones:

(Del lat. ordo, -ĭnis).

1. amb. Colocación de las cosas en el lugar que les corresponde.

2. amb. Concierto, buena disposición de las cosas entre sí.

3. amb. Regla o modo que se observa para hacer las cosas.

4. amb. Serie o sucesión de las cosas.

5. amb. Cada una de las filas de granos que forman la espiga.

6. amb. Cada uno de los grados del sacramento de este nombre, que se iban recibiendo sucesivamente y constituían ministros de la Iglesia.

7. m. Uno de los siete sacramentos de la Iglesia católica, que reciben los obispos, presbíteros y diáconos.

8. m. Relación o respecto de una cosa a otra.

9. m. En determinadas épocas, grupo o categoría social. Orden senatorial

10. m. Arq. Cierta disposición y proporción de los cuerpos principales que componen un edificio.

11. m. Bot. y Zool. Cada uno de los grupos taxonómicos en que se dividen las clases y que se subdividen en familias. Orden de los Artiodáctilos

12. m. Geom. Calificación que se da a una línea según el grado de la ecuación que la representa.

13. m. Ling. En una lengua, conjunto de fonemas que poseen un rasgo fonético común.

14. m. Mús. Grupo unísono de cuerdas en ciertos instrumentos, como el laúd, la vihuela, la guitarra, etc. U. m. en pl.

15. m. Rel. Cierta categoría o coro de espíritus angélicos.

16. f. Instituto religioso aprobado por el Papa y cuyos individuos viven bajo las reglas establecidas por su fundador o por sus reformadores, y emiten votos solemnes.

ORTOGR. Escr. con may. inicial.

17. f. Mandato que se debe obedecer, observar y ejecutar.

18. f. Cada uno de los institutos civiles o militares creados para premiar por medio de condecoraciones a las personas beneméritas.

ORTOGR. Escr. con may. inicial.

19. f. Cuba y Méx. Relación de lo que se va a consumir en una cafetería o restaurante.

Para nosotros nos sirven las definiciones 1, 2 y 3. Es decir,

1. amb. Colocación de las cosas en el lugar que les corresponde.

2. amb. Concierto, buena disposición de las cosas entre sí.

3. amb. Regla o modo que se observa para hacer las cosas.

¿Qué pasa con el orden?

De esta manera vemos que la batalla campal que se libra en las casas entre los desesperados padres y sus proles se debe a ese empeño que tienen los padres por “colocar las cosas en el lugar que les corresponde”.

Y los hijos se resisten con todas sus fuerzas de aceptar ese orden de cosas preguntando con razón ¿para qué? Es que estoy bien así, no me hace falta, no pasa nada, no quiero, no me gusta, etc. eso es lo que nos dicen.

Si somos sinceros no podemos negar que son felices con ese orden de cosas. Y si algún niño sufre por el tema es, únicamente, por el miedo a la reprimenda por parte de sus padres.

No podemos decir lo mismo sobre nosotros. El “desorden” infantil nos incomoda, nos saca del quicio, nos irrita, nos empuja a ser violentos en el intento de sembrar la “justicia” y la “verdad” absolutas.

Y erre que erre, las cosas han de estar ordenadas, ordena tu habitación, es que parece una pocilga (leonera, etc.).

¿Qué pasa al final? Que los hijos, tras haber pasado por el molino de la socialización, tarde o temprano “aprenden” a crear y mantener el dichoso orden y cuando tienen a sus hijos reproducen una vez más la misma historia: ordena la habitación, no tires las cosas, es que es imposible encontrar nada… Y vuelta a empezar.

Algo raro está pasando con ese tema

¿Qué tiene el orden que tantos esfuerzos se invierten en acostumbrarse a él y después mantenerlo y que tanta resistencia genera en nuestros hijos?

El orden que creamos y nos esforzamos a mantener tiene una naturaleza funcional. Nos sirve para algo.

Y únicamente en esa medida representa el interés para nosotros.

¿Qué nos aporta? ¿Qué interés es ese? Si solamente fuera para poder encontrar las cosas, deberíamos preguntarnos ¿a qué viene tener tantas cosas que después tenemos que invertir no pocos esfuerzos en crear un orden concreto para mantenerlo constantemente y así no perdernos en esa jungla?

Si analizamos esa situación descubrimos que, primero, nos complicamos la vida adquiriendo demasiadas cosas y luego nos la complicamos todavía más esforzándonos por mantener el orden.

Y todo para no perdernos en esa abundancia poco inteligente. Es eso lo que nos aporta: permite no perdernos en el montón de cosas que acumulamos. Punto.

Todo lo demás,- no perder el tiempo buscando, sentirnos bien, mantener una imagen personal determinada (la de una persona ordenada),- son tan solo las consecuencias de lo primero. Es algo secundario y lo tomamos como algo primario, lo que le da sentido a toda esa movida del orden.

El orden no se mantiene solo

Y es que es eso: lo tenemos que mantener, no se mantiene solo. Hacemos uso constante de una parte de las cosas que tenemos y luego hemos de hacer un esfuerzo especial, añadido, para mantener el orden deseado.

Por mucho que limpiemos la casa, ésta se ensucia, por mucho que cuidemos de las cosas, éstas se estropean, por mucho que nos empeñemos en crear el orden, éste se desmorona.

Esto se llama la entropía. Y estamos luchando desesperadamente contra esa bestia incansable y implacable.

Podemos deducir que el orden que queremos mantener e inculcar a nuestros hijos es consecuencia directa de nuestra insensatez. De ahí esa pregunta tan irritante que nos hacen nuestros hijos ¿PARA QUÉ?

En el fondo intuimos que no tenemos nada sólido en nuestra defensa más que: las cosas han de ser así. O cualquier otra tontería que podemos soltar porque simplemente la extraemos de la memoria y nunca jamás nos hemos parado a reflexionar sobre el tema.

Nuestros hijos detectan muy bien nuestros fallos. Les cuesta verbalizar y razonar, pero los ven muy bien. Y eso nos irrita y eso nos empuja a izar la bandera de la lucha por el orden casero, aplastando cualquier resistencia de nuestra prole.

Y al final ¿qué?

¿Qué tenemos como resultado de esa investigación? Que en realidad no nos interesa tanto el orden, como conservar lo que hemos acumulado y no hundirnos en ello.

¿Tendríamos la misma situación si tuviéramos cuatro cosas? Para nada.

Cuentan que una vez Diógenes paseaba por el mercado de Atenas interesándose por la mercancía, preguntado los precios, comparando las calidades y cuando le preguntaron de para qué lo hacía, contestó que estaba  sorprendido por la cantidad de cosas que hacían los humanos y que él no necesitaba.

Pocas cosas – pocos esfuerzos por mantener el orden. De hecho el orden casi surge él solo. Y es que eso del orden surge como un imperativo cuando multiplicamos sobremanera nuestras pertinencias.

La cosa y SU sitio: una falacia muy arraigada

Gastamos una parte importante de nuestra vida en asegurar que “las cosas tengan SU sitio”. ¿No os parece extraña esa expresión?

¿Cómo una cosa puede tener un lugar que le corresponda o su sitio? Ni la cosa ni el lugar están “preocupados” por ese tema, ni siquiera pueden estarlo, existen en la pura dicha ignorando esas tonterías… Es una falacia.

Eso de SU sitio para cada cosa es muy arbitrario, algo que determinamos nosotros y nos las cosas que no tienen esa capacidad. Cada persona en función de sus criterios, necesidades y comprensión inventa el “su” sitio para cada cosa. O no inventa nada y amontona las cosas sin ton ni son lo cual no impide a algunos encontrar fácilmente lo que necesitan en este “desorden”.

Son inventos nuestros, consecuencia de una abundancia poco sensata. Que no aporta la felicidad, que se escapa a una vivencia directa: no se puede experimentar el contacto simultáneo con todas las cosas que tenemos.

Lo podemos hacer y, de hecho, lo hacemos experimentando las cosas de una en una.

Por ende tan solo mantenemos un contacto imaginario con ellas en la mayoría de los casos. Eso cuando nos acordamos de ellas. En otras palabras creamos una infinidad de apegos, unas ataduras que nos esclavizan y nos convierten en la servidumbre de las cosas.

Acumular y ordenar, y acumular y ordenar y ordenar y ordenar y ordenar… ¿Ese es el destino que queremos?

Pero eso es lo que les enseñamos a nuestros hijos. Y eso es lo que ellos se resisten a aceptar.

El orden como extensión (proyección) de nuestro espacio personal

Cada vez que instalamos (imponemos) cierto orden lo que hacemos en realidad es verter, derramar nuestro espacio personal alrededor de nosotros mismos. Utilizo los verbos verter y derramar porque realmente es lo que ocurre a nivel de nuestra percepción: percibimos a la persona que puede no estar presente en el lugar a través del orden que haya dejado detrás de sí.

Hemos de tener cuidado y necesaria sensibilidad para verlo sintiendo. Cuando pretendemos ordenar algo que “desordenaron” otros estamos irrumpiendo en su espacio personal. Si la persona que vive esta invasión no tiene nada en contra, no hay conflicto alguno. De lo contrario el conflicto esta servido: nada menos que invadimos un espacio privado, pisoteamos la cosmovisión de otro ser y todo eso bajo la bandera de la “justicia”, “deber”, etc.

Si hablamos de espacios de trabajo, el orden en ellos (en algunos, en otros no) se justifica por las necesidades productivas, rentabilidad, seguridad, higiene, etc. y es la proyección de esta visión concreta. En caso de ambientes personales, de hogar, creamos un conjunto de espacios personales que pueden coincidir o no, pueden ser abiertos o cerrados, permeables o no, incluyentes o excluyentes, etc.

Todo esto es conveniente tener en cuenta si  nos importa el lado humano de la vida, si nos importa vivir desde el alma.

¿Qué podemos hacer?

  1. Darnos cuenta de la naturaleza funcional de lo que llamamos el orden. El orden nos sirve para algo. Por eso deberíamos preguntar, siendo sinceros por supuesto, sin repetir de memoria lo que hemos aprendido de nuestros padres ¿para qué quiero, necesito este orden? Digo este orden porque no creamos un orden cualquiera, no nos vale un orden cualquiera.
  2. Ver las reacciones que se despiertan dentro de nuestro alma cuando detectamos que el orden deseado está alterado y eliminado. ¿Qué se despierta dentro de mi alma? ¿Rabia, angustia, miedo, asco, irritación, enfado, enojo, etc.? Si reflexionamos un poco sobre nuestros sentimientos podremos ver qué es lo que nos mueve a mantener el orden.
  3. Actuar en consecuencia siendo conscientes de lo que queremos, hacemos y de para qué lo queremos y hacemos. Tratando de no ser máquinas que reproducen sin más una conducta aprendida.
  4. Ser conscientes de que cada orden que establecemos es una muestra de nuestra visión del mundo (cosmovisión) y una extensión de nuestro espacio personal. Hay que tenerlo bien presente.
  5. Mantener una actitud receptiva, aceptando a nosotros mismos y a los demás. Si pretendemos colocar ciertos objetos en determinado orden, hemos de procurar de no crear un desorden dentro del alma de los que nos rodean, por ejemplo en nuestra familia. En otras palabras, procurar de no armar batallas campales sembrando la discordia, malestar, creando resistencias inútiles.
  6. Y, finalmente, una vez reestablecido el orden (o tal vez no) deberíamos reflexionar sobre el resultado de nuestra acción. ¿De qué nos hemos dado cuenta? ¿Qué hemos aprendido? ¿Qué hemos conseguido? y ¿qué hacemos con el resultado de nuestra acción? Eso nos ayudará a mejorar nuestra actitud ante la vida aumentando la maestría de surfear con la vida.

P.S.

Es curioso, pero el artilugio que utilizo para escribir y publicar en mi blog (y tu, querido lector, para leer lo que escribo) se llama “ordenador”. ¿Qué ordena el ordenador?

Muchas veces no hace mas que dar la lata con sus cosillas tontas a no poder más, haciendo unas preguntas idiotas, “colgándose”, yendo a su bola, mostrando conflictos internos entre los chismes físicos y las creaciones en forma eléctrica.

Lejos de ordenar desordena, es un desordenador. Pero no nos irrita tanto como nos puede irritar el desorden creativo y espontáneo, humano y cálido de nuestros hijos.

¿Por qué? Por que la máquina es tonta por naturaleza. Y nuestros hijos no lo son. Nos muestran nuestras manías, nos indican donde fallamos y eso nos saca del quicio.

P.P.S.

Y tu, querido lector, ¿qué haces con el orden? Si tienes hijos ¿cómo logras mantener ese orden de cosas?

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About the Author

Profesor de yoga y yogaterapia, psicoterapeuta, coach, experto en técnicas de relajación y crecimiento personal con más de 30 años de experiencia, filólogo, buscador en el camino interior e investigador del alma.

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(2) comments

[…] muy bien mantener nuestra casa limpia y ordenada. Conozco casos de algunas mujeres cuyo único resultado relevante de la vida sería tener una casa […]

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[…] mucho que intentemos ordenar las cosas que nos rodean y nuestra vida, el desorden se instala sin remedio […]

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