Reconocer la libertad ajena

By Victor Chertkov | Alma

Reconocer la libertad ajena en almayogavida.com

A nadie le gusta #vivir con una #personaLibre... Cierto?

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No estoy de acuerdo con esta frase de Chavela Vargas. Tengo que reconocer al mismo tiempo que describe una parte de la realidad. Vamos a ver esto de reconocer la libertad ajena en este post.

En el momento de escribirlo estaba en Mallorca por cuestiones de trabajo. Viviendo la temporada turística desde dentro, desde el lado de los que prestan servicios para el turista.

Y otro día viví una cosa interesante que me invitó a reflexionar sobre la necesidad de reconocer la libertad ajena. No me refiero a las libertades en el sentido social o político. Me refiero a la libertad de acción que todo el mundo tiene pero realmente pocas veces obra en función de esa libertad.

Cabe decir que la libertad de cualquier tipo debería estar ligada o relacionada con la responsabilidad personal. Somos libres de actuar como nosotros lo consideremos pero es muy importante asumir la responsabilidad de nuestros actos.

Con frecuencia nos vemos coartados por acuerdos tácitos, no manifiestos por las partes. Cuando esto ocurre somos objetos de manipulación de los demás o tratamos de manipular a los demás si este acuerdo tácito lo establecemos nosotros. Y no siempre somos conscientes de esta circunstancia.

Reconocer la libertad ajena – el caso

El hecho que me llevó a estas reflexiones es el siguiente. Estaba yo aparcado en un parking público. Tenía el motor en marcha porque hacía calor y tenía aire acondicionado funcionando, estaba revisando mi correo electrónico en el teléfono y se acercó un coche con una mujer al volante. Como el parking estaba lleno me preguntó si me iba a marchar, le dije que no.

Sin embargo, unos minutos más tarde tuve que salir del parking, no recuerdo por qué exactamente, el caso es que al salir del parking me encuentro con la misma mujer que estaba aparcando fuera justo a lado de la salida.

Me vio a mi y empezó a hacer señas queriendo decir que primero le dije que no y ahora resulta que sí, que me iba. Todo con señales pero hasta tal punto expresivos que las palabras sobraban. Estaba enfadada. Estaba enfadada cuando ya tenía una plaza libre para aparcar y la diferencia eran unos pocos minutos. Estaba cabreada conmigo…

Este pequeño espectáculo me hizo sentirme hasta culpable… Tuve que hacer un pequeño trabajo para contrarrestar este efecto, esta vivencia por no tener ninguna utilidad para mi.

¿De qué me sirve sentirme culpable? De nada… No lo necesito, ni me hace mejor pero sí me hace más manipulable. Esta mujer lo logró con un arte perfecto.

En estas vivencias se crea un clarísimo vínculo entre los participantes en el acontecimiento. Esta es la base de magia, entre otras cosas, establecer y usar el vínculo.

Reconocer la libertad ajena – reflexión

¿Qué pasó en realidad? Evidentemente estoy especulando, pero con un grado de certeza muy elevado. Esta mujer considera que el mundo, yo como su parte en aquel momento, le debe algo.

En este caso debería haberle cedido en sitio a primera petición porque de cualquier manera, según ella, me iba. Cuando en realidad soy libre de irme o de quedarme, no le debo nada a esta mujer, ni tengo que pedirle permiso para nada.

En otras palabras, y en esta situación (en las otras no sé cómo suele comportarse), esperaba que el mundo comportase según sus necesidades y expectativas. Descubrir que no era así, no como ella lo esperaba, la colocó en este estado de cabreo.

Esto es muy frecuente en todos nosotros porque a menudo se nos olvida, o ni siquiera lo contemplamos incluso, que el mundo es libre, que no depende de nuestra voluntad.

Y si hablamos de personas concretas, y sobre todo de nuestro círculo cercano – amigos, parientes, familia -, también tienen esa libertad de hacer lo que les de la gana en cualquier momento sin pedir nuestro permiso para ello.

Lo que digo puede parecer evidente, lo es, pero el caso es que se nos olvida. De una manera unilateral establecemos, para nosotros mismos (ojo!), estos acuerdos tácitos (no anunciados, no declarados ni contrastados o discutidos/negociados con otra parte), de que el mundo, otras personas, nuestra familia, nos deben algo.

Acuerdos sí, pero sin rigidez – reconocer la libertad ajena

Nadie nos debe nada. A menos que exista un acuerdo explícito que nos condiciona a cumplir ciertas normas, reglas o establece y declara cierta deuda con otros o con nosotros.

Pero incluso en esta situación cualquier persona es libre de actuar según su criterio. En otras palabras no cumplir lo acordado. Eso es lo que ocurre cada dos por tres, por cierto.

Ahora mismo dejo al margen si esta bien o mal no cumplir un acuerdo explícito. No es lo que me interesa contemplar ahora mismo. Esta valoración, bien o mal, es otra historia que no viene al caso.

Que duda cabe que para una mejor convivencia es muy recomendable cumplir los acuerdos explícitos establecidos. En el peor de los casos renegociar las condiciones cuando las circunstancias cambian y lo de antes deja de funcionar, se queda obsoleto o ya no sirve, no cumple su propósito o simplemente nos deja de interesar.

Normalmente cuando descubrimos que los acuerdos tácitos y por lo tanto unilaterales (hechos por y con nosotros mismos) no son respetados por el mundo (el mundo no se entera de tal circunstancia) acabamos disgustados, cabreados, tratando de reivindicar nuestros “derecho” de ser correspondidos.

Esto ocurre cuando no otorgamos la libertad a los demás. No reconocemos que otras personas, el mundo, es libre de hacer lo que le da la gana y, de hecho, es lo que hace.

Damos por sentado que las cosas han de ser así y no de otra manera.

Esta manera de ver las cosas, de crear expectativas fijas, nos lleva a frustración y malestar. Nos condiciona y limita y tratamos de imponer estas condiciones y limitaciones a otras personas también.

Se nos olvida, entre otras cosas, el carácter impermanente del mundo y de todo lo que nos rodea.

Por eso, creo, es importante tenerlo bien presente. Tratar de no perder de vista esta realidad: el mundo no depende de nosotros, es libre, todo el mundo es libre, es impermanente y cambiante.

Cualquier acuerdo es un intento de crear cierto orden y como tal, como un intento, puede resultar acertado o no, funcional o no, útil o no, constructivo o destructivo… Esto depende de muchos factores

Reconocer la libertad ajena en la educación de hijos

Esta visión, la de la libertad del mundo reconocida por nosotros, es muy útil a la hora de educar a nuestros hijos. Sobre todo si recordamos que educar viene de educere en latín, lo cual significa “extraer lo mejor” de lo que ya existe. No es introducir nada nuevo o ajeno como tratamos de hacer constantemente.

En esta educación por un lado es necesario establecer normas e imponer limites. Es el imperativo de la supervivencia social. Sin estos límites asumidos es difícil sobrevivir en la sociedad.

Pero por el otro, exigiendo el cumplimiento de estas normas y la observación de los límites, no olvidar que nuestros hijos son libres, no nos pertenecen. Que al final harán algo suyo, tal como lo entienden, en la medida de sus posibilidades y deseos.

Hay una poesía de Kahlil Gibrán, un poeta visionario. Como todos los poetas visionarios no hablan de lo que ellos han descubierto o han comprendido. Transmiten lo que el genio les comunicó.

El genio no es una cualidad, es un ente. Ese ente es el que le dice al poeta, le muestra al pintor, le canta al compositor. Y estos chicos lo único que tienen que hacer es tener los ojos y oídos bien abiertos y dejarse llevar.

Kahlil Gibrán

Tus hijos no son tus hijos

Tus hijos no son tus hijos
son hijos e hijas de la vida
deseosa de sí misma.

No vienen de ti, sino a través de ti
y aunque estén contigo
no te pertenecen.

Puedes darles tu amor,
pero no tus pensamientos, pues,
ellos tienen sus propios pensamientos.

Puedes abrigar sus cuerpos,
pero no sus almas, porque ellas,
viven en la casa del mañana,
que no puedes visitar
ni siquiera en sueños.

Puedes esforzarte en ser como ellos,
pero no procures hacerlos semejantes a ti
porque la vida no retrocede,
ni se detiene en el ayer.

Tú eres el arco del cual, tus hijos
como flechas vivas son lanzados.
Deja que la inclinación
en tu mano de arquero
sea para la felicidad.

Las últimas líneas me parecen un consejo sumamente valioso para relacionarnos con nuestros hijos y el mundo en general.

Trata de encontrar esa inclinación para que todas las flechas que lanzamos sean para la felicidad. Entonces la vivencia del mundo, nuestra vivencia de él, será ligera.

Entonces entraremos en la cocreacción con los demás, seremos libres de cabreos y frustraciones limitantes e innecesarias.

Reconocer la libertad ajena – revisando nuestras bases

Trata de ver si reconoces que los demás tienen la libertad de actuar. Mira a ver si contemplas esa posibilidad en relaciones con los demás. Prueba contemplar por unos instantes que

  • tus amigos
  • padres
  • hermanos
  • pareja
  • hijos
  • vecinos
  • compañeros de trabajo
  • socios
  • proveedores
  • clientes
  • o cualquier otra persona con la que te relaciones

tienen esa libertad de acción. Que tu reconoces su libertad de acción. Aún cuando exista algún acuerdo explícito (los acuerdos tácitos no cuentan) por medio.

Si logras contemplarlo trata de hacer conscientes los sentimientos que se despiertan en ti. A partir de este descubrimiento y esta contemplación procura trabajar el reconocimiento de esta libertad que los demás, y nosotros mismos, tienen.

Si reconocemos esta libertad, si la contemplamos en la base de nuestra cosmovisión será más fácil asumir la responsabilidad de nuestras vidas, ser más dueños de nosotros mismos y de nuestro destino. No tendremos que desperdiciar la fuerza en movimientos sentimentales que no nos hacen ni mejores ni felices.

En definitiva ese reconocer de la libertad ajena no es otra cosa que aceptación. Ese gran gesto de aceptar.

Reconocer la libertad ajena – viajando por el territorio del amor

Todo esto que comenté arriba es muy importante para aplicarlo en nuestro viaje por el territorio del amor. ¿Cuántas veces nos hacemos con la nefasta visión de relaciones de pareja rígidas que se establecen una vez la relación sentimental se formalice?

Es muy frecuente vivir las relaciones sentimentales desde una cantidad excesiva de acuerdos tácitos. Dando por sentado que la otra parte nos debe algo. Que tiene que actuar, comportarse así o asá, que está en deuda con nosotros y por eso estamos esperando, y a veces incluso exigiendo, la “compensación” correspondiente.

Es lo que nuestro entorno nos muestra. Tenemos innumerables ejemplos de ello y erróneamente los tomamos como referencias, como algo correcto, pagamos el tributo a la cultura en la que estamos inmersos y así perpetuamos el sufrimiento, malestar, frustración.

No quiero decir con esto que hay que eliminar la cultura, no. La cultura cumple su papel organizador y estabilizador muy importante. Lo que quiero decir es que es muy importante no convertir la cultura en un dogma.

Creo que es importante no dar por hecho nada. En el viaje por el territorio del amor hay una única carretera, muy cortita por cierto, y es la de nuestra cultura. El resto del territorio es salvaje, virgen, con sus dificultades y peligros, sus incógnitas y misterios.

Cada uno tendrá que aventurarse por su cuenta en este territorio cada vez que tome la decisión de abandonar la carretera cultural. Cada uno tendrá que hacer sus descubrimientos y asumir, personalmente, los riesgos que entraña esta aventura.

Creo que vale la felicidad, que no la pena, como nos ofrecen a menudo. No hagas las cosas por la pena que puedan valer. Haz las cosas por la felicidad que pueden valer y aportar. No es necesario sufrir para ser feliz, simplemente se feliz, sin más.

Si nos proponemos reconocer que nuestra pareja tiene la libertad de actuar en todo momento, si de verdad nos centramos en el amor, con sorpresa descubrimos la felicidad, la plenitud, la creatividad amorosa.

Abandonando la frustración, el hastío, la desesperación y el sufrimiento.

También es cierto que reconocer la libertad ajena, de nuestra pareja sentimental sobre todo, requiere un trabajo, exige prestar atención, amar, abrirnos, soltar, dar y recibir, confiar, requiere ser valientes y necesita contar con compromiso con uno mismo de crecer y aprender.

Como dijo Octavio Paz en una ocasión: “El amor es la revelación de la libertad ajena y nada es más difícil que reconocer la libertad de los otros, sobre todo la de una persona que se ama y se desea. Y en esto radica la contradicción del amor: el deseo aspira a consumarse mediante la destrucción del objeto deseado; el amor descubre que ese objeto es indestructible…”.

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About the Author

Profesor de yoga y yogaterapia, psicoterapeuta, coach, experto en técnicas de relajación y crecimiento personal con más de 30 años de experiencia, filólogo, buscador en el camino interior e investigador del alma.

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